autobiográfico
    primeros pasos
    dos años con Lluís Llach
    primer contrato discográfico
   
   

 

     
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Oficialmente estudiaba arquitectura; en realidad, estaba loco por salir a cantar. El día mismo que empecé la carrera y tuve la oportunidad de ver, a lo largo de un amplio pasillo, expuestos los proyectos finales de los veteranos, supe que nunca sería capaz de hacer nada parecido a aquello, que incluia verdaderas maravillas urbanísticas. Mi presencia allí era el resultado simplista de dos premisas encadenadas: mi pasión por el dibujo y las matemáticas. Por una extraña conclusión, en casa siempre se hablaba de arquitectura como la salida lógica.

Paradógicamente, sin ser arquitecto, la vida me llevaría, 15 años más tarde, a relacionar por unos meses mi actividad profesional con el negocio de la construcción. Eso es algo que nunca podré explicarme y me hizo sufrir mucho, pero me permitió entender por qué abandoné en su día la carrera: ante la eventualidad de construir edificios, de atarme a la tierra, mi cuerpo y mi sensibilidad me pedían algo menos "denso", más volátil.

Hoy creo entender bien aquel movimiento interno. Los seres humanos nos movemos básicamente por reacción. Para valorar el blanco hemos de pasar previamente por el negro. Y por reacción tomamos, con determinación, la dirección a la que estábamos llamados en origen. Quiero decir que si no hubiera emprendido una carrera tan difícil y tan conectada con la materia como Arquitectura, quizá no hubiera visto nunca con la suficiente claridad que mi camino era el contrario: modelar desde lo etéreo, lo inmediato y lo fungible.

Y así creo que lo entendieron también mis padres, que no opusieron ninguna resistencia a una decisión tan temprana y arriesgada. Fui enterrando mi curriculum estudiantil lentamente. Había llegado, en el Escuela, a "tercero de primero", y mis apariciones por las aulas se fueron espaciando cada día más, hasta convertirse en esporádicas.

Funcionaba en los dibujos -lineal, artístico y geometría descriptiva- pero las matemáticas, excesivamente avanzadas, y la física, se me atragantaron. Pero yo tenía un espíritu creativo, y además era un bocazas. Las matemáticas me han fascinado siempre, especialmente la lógica. Pero, y espero que no se vea pedante, me entusiaman mis "propias" matemáticas, las que surgen de mis propios retos, las que me obligan a pensar de forma propia y dar solución a problemas que se me plantean de improviso, aunque sólo sea como pirueta mental. Por aquella época algo me rondaba por la cabeza: es sabido que si tomamos un número inicial y le aplicamos de forma repetitiva una determinada operación (lo doblamos, por ejemplo), se origina lo que se denomina una serie de números. Con sólo dos datos, el número inicial (el 3, por ejemplo) y la razón, (x2, por ej.), se origina una serie infinita de números: 3, 6, 12, 24, etc.. Para mí, la cosa interesante era darle la vuelta al tema, y a partir del final, de un conjunto aleatorio de números, llegar al principio y convertirlo en una serie lógica. Es decir, elegir un conjunto de números cualquiera, por ejemplo 9, 8, -3, 17, etc., y encontrar una fórmula única que, a partir del primer elemento (en este caso, el 9) nos vaya dando todos los demás.

Bien, lo del bocazas. Conseguí redactar la fórmula (de alguna manera funcioinaba), y la presenté al profesor de cálculo integral, el catedrático Pi Calleja, una eminencia de la época que publicaba sus propios libros de texto. Me miró sorprendido y me dijo: "Bien...¿cómo se llama usted?.. Humet, esto lo tocaremos en segundo curso, en un capítulo relacionado con las Interpolaciones Parabólicas. Enhorabuena".

Ahí la cagué. A partir de aquel momento, cada vez que el viejo profesor exponía un concepto de cierta dificultad, me buscaba a mí con la mirada, como dedicándome la exposición, o preguntándome directamente qué había entendido. Y yo ya había desconectado de la carrera, no podía con aquellos ladrillos. Sólo me interesaba jugar con los números. Jugar, el juego, lo lúdico, algo muy presente en mí y en mi familia durante toda la vida. Los ceros que fui recibiendo inexorablemente a lo largo de las evaluaciones siguientes fueron sacando al maestro Pi Calleja de su sueño de continuidad. No existía el discípulo, sólo el intruso.

. . .

Empecé a viajar con el equipo de Llach por toda Catalunya, la española y la francesa. Fue una época extraordinaria, única, de descubrimiento, apertura y clarificación. Yo había encontrado una vía de expresión, me movía en el contexto de la llamada Cançó Catalana, que hacía de la lengua propia -el cantar en catalán- una seña de identidad necesaria. Era normal, el catalanismo, lo catalán, había estado disminuido, perseguido por la dictadura de Franco. Y no sólo por éste, sino por la concepción monocolor de cualquier sistema fuertemente centralizado como el español. Desde el centro, es difícil entender las fuerzas centrífugas de las periferias y, en aras de la cohesión, es habitual el anteponer corrientes centrípetas muy fuertes, sea en tiempos de dictadura o en períodos supuestamente democráticos como el actual.

Entendía aquel movimiento, pero no era el mío. Estuve en él el tiempo justo para distinguir la oportunidad que se me daba del oportunismo. Lo mío era distinto, había crecido a caballo de dos culturas, la catalana de mi padre y la valenciano-castellana de mi madre. Recuerdo una frase de Rilke: "la patria de un hombre es su infancia". Y mi infancia y mi patria infantil no se distinguieron por la tierra, sino por el camino, el sentido del trayecto: mis continuos desplazamientos entre Terrassa y Navarrés, zona industrial - zona rural, ambiente burgués - ambiente campesino, estudios - libertad. Ese sentimiento, ese claroscuro, lo plasmé años más tarde en una de mis canciones más sinceras, El extranjero, donde ponía en evidencia un sentimiento profundo de libertad y a la vez, la íntima soledad del desclasado, del apátrida.

Una cosa que recuerdo con especial cariño de aquella época fueron los forums. Era normal después del recital, sentarnos al borde del escenario y conversar con el público, responder a sus preguntas. Allí se advertía una energía inmensa que se estaba movilizando en una dirección, era un momento de plenitud en la esperanza. La esperanza es lo mejor, si no lo único, que aportan las dictaduras; la capacidad de ensoñación, el motor emocional. Y yo aportaba, no mi capacidad de análisis -que era nula- sino mi capacidad emocional. Compartí en más de un centenar de pueblos y ciudades mis sentimientos con la gente; eran sentimientos atemporales... y en aquellos momentos primaba lo contingente. Yo era un cantante de grises, de matices, y en aquel momento no había lugar a las medias tintas, la respuesta debía ser clara e inmediata.

Recuerdo una conversación con el agente de un cantante comprometido de éxito. Le pregunté: "tu pupilo (por no dar su nombre), ¿no duda nunca?". Y él me contestó: "sí, pero en público no se lo puede permitir".

Ese era el contexto de aquella época, de aquella etapa de mi vida. En uno de los recitales del sur de Francia, en uno de los forums, se me volvió a hacer la pregunta que el plante de Serrat a Eurovisión por una cuestión lingüística puso de moda: "¿Alguna vez cantarás en castellano?" . Y yo, una vez más, respondí de la misma manera: "Hablo en catalán pero pienso en castellano; por tanto, tengo claro que algún día escribiré canciones en castellano".

Ese mismo día, con la franqueza y el afecto con que se me había acogido dos años atrás, se me dijo que no estaba del todo alineado con aquella movida, que mi mensaje... como que rompía la estética del conjunto. Y nos dimos la mano por última vez.

Volví a sentirme intruso. Y volví a casa, a Terrassa.

Para ser justo por completo, yo había firmado ya mi primer contrato discográfico con la casa Columbia, y ese hecho también se mencionó en la despedida, en mi beneficio. El que era entonces mi manager, Joan Molas, me dijo: "ahora ya te puedes valer por ti mismo", y renunció a su porcentaje como productor. Ese gesto lo compensó todo: con veinte años, me estaba tratando como a un verdadero adulto.

Quiero acabar este apartado con una mención a Lluis. Tengo a gala haber convivido con él muchos desplazamientos, muchos conciertos. He vivido en primera línea sus primeros triunfos verdaderos, su primer éxito masivo. Admiré siempre su capacidad de lucha y su firmeza, lo inequívoco de su mensaje.

Llach es un poco como el vino que cultiva. Es consecuencia de una tierra y a la vez la fermenta. Es esencia, es un cantante esencial. En ese sentido, no sólo sus canciones han dejado de pertenecerle (lo de L'Estaca en Polonia es el mejor ejemplo), sino él mismo ha dejado de alguna forma de pertenecerse y pertenece al pueblo, como icono, como símbolo de su capacidad de resistencia y de combate.

Estoy convencido de que aún así se siente libre. Porque, a nivel de esencia, la verdadera libertad, posiblemente, no consiste más que en darse por completo a lo que uno está llamado a ser. Ya no es una cuestión de un mayor número de opciones, sino de aceptación profunda del propio cometido como única opción. Y eso te hace libre.