Oficialmente estudiaba arquitectura; en realidad,
estaba loco por salir a cantar. El día
mismo que empecé la carrera y tuve la
oportunidad de ver, a lo largo de un amplio
pasillo, expuestos los proyectos finales de
los veteranos, supe que nunca sería capaz
de hacer nada parecido a aquello, que incluia
verdaderas maravillas urbanísticas. Mi
presencia allí era el resultado simplista
de dos premisas encadenadas: mi pasión
por el dibujo y las matemáticas. Por
una extraña conclusión, en casa
siempre se hablaba de arquitectura como la salida
lógica.
Paradógicamente, sin ser arquitecto,
la vida me llevaría, 15 años más
tarde, a relacionar por unos meses mi actividad
profesional con el negocio de la construcción.
Eso es algo que nunca podré explicarme
y me hizo sufrir mucho, pero me permitió
entender por qué abandoné en su
día la carrera: ante la eventualidad
de construir edificios, de atarme a la tierra,
mi cuerpo y mi sensibilidad me pedían
algo menos "denso", más volátil.
Hoy creo entender bien aquel movimiento interno.
Los seres humanos nos movemos básicamente
por reacción. Para valorar el blanco
hemos de pasar previamente por el negro. Y por
reacción tomamos, con determinación,
la dirección a la que estábamos
llamados en origen. Quiero decir que si no hubiera
emprendido una carrera tan difícil y
tan conectada con la materia como Arquitectura,
quizá no hubiera visto nunca con la suficiente
claridad que mi camino era el contrario: modelar
desde lo etéreo, lo inmediato y lo fungible.
Y así creo que lo entendieron también
mis padres, que no opusieron ninguna resistencia
a una decisión tan temprana y arriesgada.
Fui enterrando mi curriculum estudiantil lentamente.
Había llegado, en el Escuela, a "tercero
de primero", y mis apariciones por las
aulas se fueron espaciando cada día más,
hasta convertirse en esporádicas.
Funcionaba en los dibujos -lineal, artístico
y geometría descriptiva- pero las matemáticas,
excesivamente avanzadas, y la física,
se me atragantaron. Pero yo tenía un
espíritu creativo, y además era
un bocazas. Las matemáticas me han fascinado
siempre, especialmente la lógica. Pero,
y espero que no se vea pedante, me entusiaman
mis "propias" matemáticas,
las que surgen de mis propios retos, las que
me obligan a pensar de forma propia y dar solución
a problemas que se me plantean de improviso,
aunque sólo sea como pirueta mental.
Por aquella época algo me rondaba por
la cabeza: es sabido que si tomamos un número
inicial y le aplicamos de forma repetitiva una
determinada operación (lo doblamos, por
ejemplo), se origina lo que se denomina una
serie de números. Con sólo dos
datos, el número inicial (el 3, por ejemplo)
y la razón, (x2, por ej.), se origina
una serie infinita de números: 3, 6,
12, 24, etc.. Para mí, la cosa interesante
era darle la vuelta al tema, y a partir del
final, de un conjunto aleatorio de números,
llegar al principio y convertirlo en una serie
lógica. Es decir, elegir un conjunto
de números cualquiera, por ejemplo 9,
8, -3, 17, etc., y encontrar una fórmula
única que, a partir del primer elemento
(en este caso, el 9) nos vaya dando todos los
demás.
Bien, lo del bocazas. Conseguí redactar
la fórmula (de alguna manera funcioinaba),
y la presenté al profesor de cálculo
integral, el catedrático Pi Calleja,
una eminencia de la época que publicaba
sus propios libros de texto. Me miró
sorprendido y me dijo: "Bien...¿cómo
se llama usted?.. Humet, esto lo tocaremos en
segundo curso, en un capítulo relacionado
con las Interpolaciones Parabólicas.
Enhorabuena".
Ahí la cagué. A partir de aquel
momento, cada vez que el viejo profesor exponía
un concepto de cierta dificultad, me buscaba
a mí con la mirada, como dedicándome
la exposición, o preguntándome
directamente qué había entendido.
Y yo ya había desconectado de la carrera,
no podía con aquellos ladrillos. Sólo
me interesaba jugar con los números.
Jugar, el juego, lo lúdico, algo muy
presente en mí y en mi familia durante
toda la vida. Los ceros que fui recibiendo inexorablemente
a lo largo de las evaluaciones siguientes fueron
sacando al maestro Pi Calleja de su sueño
de continuidad. No existía el discípulo,
sólo el intruso.
. . .
Empecé a viajar con el equipo de Llach
por toda Catalunya, la española y la
francesa. Fue una época extraordinaria,
única, de descubrimiento, apertura y
clarificación. Yo había encontrado
una vía de expresión, me movía
en el contexto de la llamada Cançó
Catalana, que hacía de la lengua propia
-el cantar en catalán- una seña
de identidad necesaria. Era normal, el catalanismo,
lo catalán, había estado disminuido,
perseguido por la dictadura de Franco. Y no
sólo por éste, sino por la concepción
monocolor de cualquier sistema fuertemente centralizado
como el español. Desde el centro, es
difícil entender las fuerzas centrífugas
de las periferias y, en aras de la cohesión,
es habitual el anteponer corrientes centrípetas
muy fuertes, sea en tiempos de dictadura o en
períodos supuestamente democráticos
como el actual.
Entendía aquel movimiento, pero no era
el mío. Estuve en él el tiempo
justo para distinguir la oportunidad que se
me daba del oportunismo. Lo mío era distinto,
había crecido a caballo de dos culturas,
la catalana de mi padre y la valenciano-castellana
de mi madre. Recuerdo una frase de Rilke: "la
patria de un hombre es su infancia". Y
mi infancia y mi patria infantil no se distinguieron
por la tierra, sino por el camino, el sentido
del trayecto: mis continuos desplazamientos
entre Terrassa y Navarrés, zona industrial
- zona rural, ambiente burgués - ambiente
campesino, estudios - libertad. Ese sentimiento,
ese claroscuro, lo plasmé años
más tarde en una de mis canciones más
sinceras, El extranjero, donde ponía
en evidencia un sentimiento profundo de libertad
y a la vez, la íntima soledad del desclasado,
del apátrida.
Una cosa que recuerdo con especial cariño
de aquella época fueron los forums. Era
normal después del recital, sentarnos
al borde del escenario y conversar con el público,
responder a sus preguntas. Allí se advertía
una energía inmensa que se estaba movilizando
en una dirección, era un momento de plenitud
en la esperanza. La esperanza es lo mejor, si
no lo único, que aportan las dictaduras;
la capacidad de ensoñación, el
motor emocional. Y yo aportaba, no mi capacidad
de análisis -que era nula- sino mi capacidad
emocional. Compartí en más de
un centenar de pueblos y ciudades mis sentimientos
con la gente; eran sentimientos atemporales...
y en aquellos momentos primaba lo contingente.
Yo era un cantante de grises, de matices, y
en aquel momento no había lugar a las
medias tintas, la respuesta debía ser
clara e inmediata.
Recuerdo una conversación con el agente
de un cantante comprometido de éxito.
Le pregunté: "tu pupilo (por no
dar su nombre), ¿no duda nunca?".
Y él me contestó: "sí,
pero en público no se lo puede permitir".
Ese era el contexto de aquella época,
de aquella etapa de mi vida. En uno de los recitales
del sur de Francia, en uno de los forums, se
me volvió a hacer la pregunta que el
plante de Serrat a Eurovisión por una
cuestión lingüística puso
de moda: "¿Alguna vez cantarás
en castellano?" . Y yo, una vez más,
respondí de la misma manera: "Hablo
en catalán pero pienso en castellano;
por tanto, tengo claro que algún día
escribiré canciones en castellano".
Ese mismo día, con la franqueza y el
afecto con que se me había acogido dos
años atrás, se me dijo que no
estaba del todo alineado con aquella movida,
que mi mensaje... como que rompía la
estética del conjunto. Y nos dimos la
mano por última vez.
Volví a sentirme intruso. Y volví
a casa, a Terrassa.
Para ser justo por completo, yo había
firmado ya mi primer contrato discográfico
con la casa Columbia, y ese hecho también
se mencionó en la despedida, en mi beneficio.
El que era entonces mi manager, Joan Molas,
me dijo: "ahora ya te puedes valer por
ti mismo", y renunció a su porcentaje
como productor. Ese gesto lo compensó
todo: con veinte años, me estaba tratando
como a un verdadero adulto.
Quiero acabar este apartado con una mención
a Lluis. Tengo a gala haber convivido con él
muchos desplazamientos, muchos conciertos. He
vivido en primera línea sus primeros
triunfos verdaderos, su primer éxito
masivo. Admiré siempre su capacidad de
lucha y su firmeza, lo inequívoco de
su mensaje.
Llach es un poco como el vino que cultiva.
Es consecuencia de una tierra y a la vez la
fermenta. Es esencia, es un cantante esencial.
En ese sentido, no sólo sus canciones
han dejado de pertenecerle (lo de L'Estaca en
Polonia es el mejor ejemplo), sino él
mismo ha dejado de alguna forma de pertenecerse
y pertenece al pueblo, como icono, como símbolo
de su capacidad de resistencia y de combate.
Estoy convencido de que aún así
se siente libre. Porque, a nivel de esencia,
la verdadera libertad, posiblemente, no consiste
más que en darse por completo a lo que
uno está llamado a ser. Ya no es una
cuestión de un mayor número de
opciones, sino de aceptación profunda
del propio cometido como única opción.
Y eso te hace libre.