Nunca olvidaré una sensación,
quizá la más intensa, a nivel
profesional, que he vivido nunca: el día
que entré por primera vez en un estudio
de grabación y oí una canción
mía interpretada por músicos profesionales.
Primavera de 1970. Era en Barcelona, en los
estudios Columbia de la calle Girona. Nunca
había visto aquellos bafles tan potentes,
que permitían oir la música con
tanta nitidez. ¡Cómo sonaba la
cuerda! La canción se llamaba "Busco
una flor", escrita en catalán. Propia
de un adolescente que advierte, en sus propios
cambios, lo efímero de las cosas y reivindica
la quimera: lo eterno, lo genuino, la flor que
perdura, que no se mustia. Todo en un lenguaje
muy simple, muy limitado aunque emotivo.
Ahí empezó una larga relación
de amistad con Francesc Burrull, el pianista
extraordinario que hizo los arreglos de ese
disco. Con la experiencia que él tenía,
con su renombre, nada le obligaba a llamarme
cada dos o tres días e invitarme a su
casa, a escuchar los progresos de los arreglos.
Ir allí, pasar con él los temas
al piano, tomar el café que nos preparaba
cariñosamente su mujer, me ponía
por las nubes.
Había firmado unos meses atrás
con Columbia mi primer contrato, y en ese mismo
momento dejé de asistir a clases en Arquitectura.
Conocí en aquella época a una
persona entrañable: Emiliano Alaiz, jefe
de promoción de mi compañía.
Un joven que empezara en la radio, en Castellón,
y luego había hecho carrera en Barcelona
en el medio discográfico. Al tener los
dos raíces valencianas conectamos enseguida,
y nuestra relación fue más allá
de lo profesional: conocí a la que luego
fue su esposa, Petri, y viví la llegada
de su hijo.
Emiliano me daba una gran seguridad, fue mi
primer y único mentor. Entonces yo no
sabía la importancia que eso suponía.
Creyó en mí desde el principio,
me llevó a Columbia y me ayudó
mucho; siempre hablábamos de que un día
él dejaría el tempestuoso mundo
de los discos y montaría una agencia
de management para hacerse cargo de mi carrera.
Esa fue mi esperanza muchos años, y nunca
se cumplió.
En este punto quiero destacar algo sobre los
agentes artísticos. Es preciso reconocer
la importancia, poco conocida, de un manager
"exclusivo" para el triunfo de un
artista. Es vital. Es el soporte incondicional,
la fascinación que en un momento dado
moviliza a un agente, quien lo apuesta todo
por el cantante novel, le organiza una oficina
y crece con él. Detrás de los
grandes siempre ha habido ese soporte, esa aportación
extra de energía. La importancia de un
Lasso de la Vega en el desarrollo de la carrera
de un Serrat, el tandem Batalla - Molas para
un Llach, Xavier Llamas para Víctor Manuel
y Ana Belén, etc.
Mi esperanza en ese sentido fue siempre Emiliano.
La vida nos llevó por caminos distintos,
pero siempre mantuve la esperanza de unir nuestros
intereses. No pudo ser. Quizá mis altibajos
profesionales no le ofrecieron suficiente garantía
de continuidad, o él no tuvo el valor
de ser consecuente con la fé que decía
tener en mí y ayudarme a evitar tales
altibajos. Durante toda mi carrera fui saltando
de una agencia a otra, en las que todo estaba
construido ya alrededor de otros artistas. Pero,
en todo caso, siempre me alegré al volver
a ver a Emiliano, aquel nervio bajito y algo
cabezón. Por su simpatía, su obstinación
y la seguridad que me dio durante aquellos cuatro
años de convivencia en Columbia, su lugar
ya no lo ocupó nadie.
Aquella fue una época de singles, discos
de vinilo de dos canciones, cara a y cara b.
El primero contenía Busco una flor y
Tonades. Luego vino Gemma.
Gemma. Algo tan sencillo como una declaración
de amor entre hermanos. Con ocho años
yo había visto nacer a mi hermana Gemma.
Y por algunos meses ella fue un bebé
normal, sin ninguna limitación física.
Antes de cumplir su primer año, volviendo
la familia de la playa, anidó en ella
una meningitis que derivó en polio. Estuvo
un tiempo en el pulmón de acero, con
asistencia respiratoria: de cuello hacia abajo
no se movía.
No tengo derecho, me da rubor hablar del sufrimiento
de mi hermana, cuando es ella quien ha sufrido
tanto. Pero sí quiero dejar constancia
de su naturalidad y de su fuerza, que en un
momento dado fueron un ejemplo para muchas personas.
Baste decir que Gemma, siendo adolescente, salía
en su silla de ruedas a la carretera a hacer
autoestop. ¡Y los coches paraban enseguida!
Los conductores debían hacer un cierto
esfuerzo físico y acallar más
de un prejuicio para introducir en el automóvil
a una persona desconocida con tales limitaciones...
y no dudaban en hacerlo. Ese fue un éxito
de Gemma, que daba la medida de la respuesta
de los demás cuando uno confía
plenamente en ellos y en sí mismo.
Hoy, mi hermana vive de nuevo con Quim, su
exmarido, en Terrassa. Se maneja, con considerable
éxito, como tiradora profesional del
Tarot, fruto de una intuición extraordinaria
que ha podido cultivar tras tantos años
de inmovilidad física. Tiene un hijo,
Joel, que pronto se licenciará como técnico
de sonido.
Entonces fue, además, origen de una
canción que se hizo rápidamente
popular y nunca dejé de cantar en Catalunya.
Con el tiempo he sabido de muchas Gemmas, directamente
o a través de sus progenitores, relacionadas
con aquella canción.
Dos singles en un año. Aún parecía
prematura la aparición de un disco de
larga duración. Hoy es poco habitual,
pero entonces era costumbre ir sacando discos
sencillos en los inicios de la carrera de un
cantante, "a ver lo que pasa". La
pena es que mis primeros singles nunca se recogieron
en un LP, y eso hizo más dificultosa
su localización cuando el público
se decantó por los discos de larga duración.
El tercero y último fue Kristine. En
Columbia me sugerían alguna otra canción
de corte "dramático", que volviera
a activar, esta vez de forma consciente, los
resortes emocionales del público. Parece
ridículo pero era así: una Gemma
bis. Y yo no estaba por la labor. Sé
que es díficil encontrar la fórmula
del éxito; todo el mundo la busca, y
cuando surge, la tendencia natural es la repetición,
como si ello fuera una garantía. Y yo
siempre sorprendí en ese sentido, nunca
fui previsible. La música me interesó
como campo de experimentación, de investigación
de caminos, que emprendía sin mayor problema.
Me aburre repetirme, y he intentado siempre
evitarlo.
Tal comportamiento nunca fue del gusto de la
gente de las compañias, les desconcertaba,
y contribuyó a hacer de mi carrera una
sucesión de pequeños altibajos,
como dije antes. Pero hoy, con el tiempo, me
siento complacido con mi forma de actuar; mi
trabajo sigue ahí, y al parecer, después
de tantos años, vivo.
Pues bien, la excepción a todo esto
fue Kristine: una canción hecha casi
por encargo, que pasó sin pena ni gloria.
Aludía a una adolescente en trance de
independizarse de su familia, de ser ella misma.
Mi esnobismo le puso nombre extranjero, para
darle mayor credibilidad; no daba más
de mí en este tipo de temas.
Con ella, además participé en
un festival. Fuera del contexto de la cançó
no habían muchas vías de promoción
para los cantantes, y acepté el acudir,
de forma sucesiva, a tres festivales de tipo
competitivo entre 1971 y 1972: uno se organizó
en Puebla de Farnals, una playa de Valencia,
otro en Alcobendas, cerca de Madrid, y un tercero
en Galicia: el festival internacional Dorna
de Vigo. Los tres perseguían la promoción
de su localidad, atraídos por el éxito
de otro más antiguo, el Festival de Benidorm.
Fue una experiencia curiosa, sin demasiada
trascendencia, que me permitió valorar
las posibilidades de éxito a nivel estatal
de alguien que en aquel momento se presentaba
en catalán. Lo curioso es que en el primer
certamen quedé en cuarto lugar, en el
segundo obtuve el segundo premio, y finalmente
gané el de Vigo. Hago el comentario para
dejar en el aire, como catalán, una pequeña
pregunta: entonces sufríamos una dictadura,
y es obvio que a nivel político ha llovido
muchísimo desde entonces y el país
se ha democratizado enormemente. Pero en la
actualidad, y gracias a las "boutades"
de algunos personajes políticos de mi
país, existen tales corrientes de opinión
contra "los catalanes", que la pregunta
que me formulo es: hoy, en plena democracia,
¿hubieran sido posibles tales resultados
cantando en catalán?
Lo de Vigo fue toda una experiencia. Quedó
una filmación para el noticiario NODO,
estandarte informativo-deformativo del antiguo
régimen, de obligada emisión en
todos los cines de España. Filmación
que requirió la grabación precipitada
de Kristine en Barcelona, pues el disco aún
no había salido, con el grupo que entonces
me acompañaba, formado por el pianista
Lluís Rambla, Josep Maria Francino al
bajo y su hermano Quim a la guitarra.
Josep Maria Francino, el "Xino",
ha sido, en Barcelona, el primer y más
recalcitrante pepito grillo en la tarea de propiciar
un cambio de actitud por mi parte y acabar decidiendo
mi retorno. Él me ha hecho llegar durante
años los correos electrónicos
que le llegaban a mi nombre a su web
personal, dado que allí se recogía
nuestra pasada colaboración. El, desde
la Cadena Com Radio, de la que hoy es subdirector,
me hace llegar a veces materiales difíciles
de valorar, como el mencionado disco de Kristine,
del que nunca pude retener una copia, o, peor
todavía, la famosa filmación para
el NODO, que me resisto a incluirla en esta
web para evitar el regocijo del personal y la
vergüenza de quien les habla (la camisa
de flores verdes que llevaba es de premio).
En 1973 salió, por fin, mi primer disco
de larga duración, Fulls. Por algún
extraño motivo decidimos no incluir los
temas ya aparecidos. Era todo material nuevo,
escrito de un tirón.
Fulls era, además, el título
de una de sus canciones. Fulls (Hojas) era la
alegoría que asociaba una treintena de
niños, de alumnos míos, a las
hojas de un libro, de un libro tan olvidado
como aquella escuela de primaria de la barriada
de Can Anglada de Terrassa, a la que frecuentaba
como profesor de catalán, en una iniciativa
habitual de la época a cargo del Omnium
Cultural. Me seducía aquel mundo, el
de la inmigración, la integración
de aquella inmensa bolsa de emigrantes andaluces,
de las que hoy, sus hijos, son sencillamente
catalanes. Me sorprendía que dijeran
"voy a Terrassa", cuando anunciaran
ir al centro de la ciudad. Se veían fuera.
Yo nací en un pueblo de emigrantes,
y ese mundo me caía próximo. En
Terrassa se construyeron barrios sin orden ni
concierto para dar cabida a ese continuo fluir
de parientes de parientes. Y todo se pudo resolver.
Catalunya es hoy un referente para el resto
de España y para Europa en muchos aspectos,
pero sobre todo, en el aspecto social. Desde
fuera se nos han achacado múltiples defectos
de tipo relacional con nuestros visitantes,
pero la realidad es que es un país de
acogida, que ha sabido hacerse grande integrando
las aportaciones individuales de los recién
llegados necesitados de una salida. Y hoy vuelve,
en la medida que le permiten sus limitaciones
de autogobierno, a ser ejemplo de integración
para los emigrantes extranjeros.
Fulls era un disco que encerraba mucho sufrimiento.
En él se atisbaba el inicio de dos líneas
paralelas, que iban a marcar mi trayectoria:
una de corte intimista, en la que cantaba a
la mujer que despertaba conmigo, entre sentimientos
contradictorios y amores no resueltos, mal consumados,
fruto de una educación asexuada... La
otra línea se abría a un mundo
de dolor colectivo, expresando mis sentimientos
sobre la marginación social, la opresión
política y la impotencia de los perdedores.
En ese disco había una canción,
Encara és vostra (Aún es vuestra),
en la que me dirigía en catalán
a los padres de una muchacha castellana a la
que quise muchos años, y con la que,
obviamente, nunca hablé en catalán.
Esa contradicción lingüística
hizo que el mensaje no llegara nunca a su destino;
ni ella ni ellos supieron nunca de la canción.
Eso no tenía mucho sentido, así
que necesitaba un motivo para ponerme en marcha
y abrirme a la lengua castellana. Y llegó
la mili.