martes, 18 enero, 2005
Adrià y "Amigo corazón"
Ayer hizo un mes que nació mi hijo. Mi vida ha dado un nuevo vuelco, me ha girado como un guante, como ya lo hiciera anteriormente por tres veces. Este mes lo he vivido a trompicones, tan cerca del bebé como he podido, compartiendo con Pier los cuidados de una cosita tan frágil, y a la vez reubicándome sin demasiada suerte, intentando recomponer los pedazos de algo que ya nunca será como antes.
Como otras situaciones dificultosas que han acabado siendo una bendición para mí, ese niño, o mejor dicho, esa paternidad, me supuso al principio una fuerte resistencia. Con cincuenta y cuatro años uno no debiera ser padre, sino abuelo... disfrutando de los niños sin hipotecarse en ellos. Y a mí, la vida no me permite ser abuelo todavía, pero me lo paga en hijos. No conozco una forma mejor de hacerte rejuvenecer, de espabilarte.
Hay que estar ahí para saber qué se siente cuando se le anuncia a uno un embarazo no previsto. Mi hijo mayor le lleva seis años al segundo, y éste doce a la tercera, quien, a su vez, llevará diez años al recién llegado. Jo... ¡me he pasado media vida entre biberones!
La mía nunca ha sido una vida conclusiva, nunca me ha traído la sensación del trabajo acabado, de haberme ganado el derecho a descansar. El haberme separado y rehacer mi vida con otra mujer tampoco contribuyó a ello. Tener dos hijos con Loli, mi primera mujer, cubría mi cupo de paternidad, pero no la maternidad de Pier, sin hijos y mucho más joven que yo. Por eso llegó Pierangela, nuestra hija, que hoy tiene diez años. Parecía que eso ya era suficiente: aunque les ve poco, Pieri quiere con locura a sus hermanos mayores. Pero siempre sintió la ausencia de un hermanito menor, de alguien sobre quien volcar su ternura, su capacidad de protección. Por eso, ella fue quien más se alegró cuando su madre se quedó embarazada. Esa noticia y el proceso posterior de gravidez le descubrieron emociones que nunca había vivido y le iluminaban la cara.
Pero mi hija no supo de ese embarazo de forma inmeditata. La dilación, unas tres semanas, correspondió al plazo que le dieron a Pier para análisis clínicos, etc., y de paso ganar tiempo en pareja para posibles reconsideraciones. Porque de eso se trataba, en el fondo no teníamos claro qué queríamos hacer con aquel dilema de soluciones irreversibles. Quiero decir con ello que en algún momento habíamos pedido día y hora en una clínica para interrumpir el embarazo.
Yo siempre he creído, y sigo creyendo, en el derecho al aborto. Porque sólo desde la libertad individual y de pareja, pueden aflorar todos los sentimientos y emociones contrapuestas, ponerse en juego... y dar con la decisión más cercana a tu verdad, a la de ella, a la conjunta.
Además, en ese forcejeo aparece un baile muy interesante de motivaciones que ponen en jaque tu sistema de valores y te dejan al descubierto. La sinceridad es un punto de llegada, no un punto de partida. Querer ser verdaderamente sincero es un proceso de reconocimiento del propio corazón que te lo pone todo patas arriba, te cuestiona todos tus intereses, superficiales o profundos.
En aquellos momentos, más a o menos por mayo del año pasado, yo estaba en plena efervescencia, componiendo canciones y grabándolas por etapas. Una canción que tenía descartada para el disco, Amigo corazón, se me vino de pronto encima, empezó a llamar a la puerta, a reivindicar su propio hueco en el repertorio. Creía tenerla acabada, y transcribo la letra ahora, para que se entienda mejor lo que diré a continuación.
"Compañero del viaje de mi vida,
mi amigo corazón,
desde el pecho donde anidas
tu amor sin condición,
yo te agradezco,
en esta aventura del sobrevivir,
tu infatigable latir,
autor de mis sentimientos,
y sólo le pido a Dios
que cuide de ti por bien de los dos.
Que yo no soy nadie sin ti,
que voy como ausente sin ti,
soy sombra en la sombra sin ti,
un guante vacío sin ti.
Cuando llegue la última parada
y abramos el manual,
y tengas que dar la cara
por mí ante el Tribunal,
sólo te pido, mi hermano,
por todo lo que yo cedí,
que no reniegues de mí,
que no me dejes tirado,
que hables sólo del bien,
lo malo lo das por sabido y amén.
Que yo no soy nadie sin ti,
que voy como ausente sin ti,
soy sombra en la sombra sin ti,
un guante vacío y fugaz sin ti."
Me parecía una idea original, cantarle a tu propia víscera, nido y motor de sentimientos, raíz de tu identidad. Se me ocurrió durante un seminario llamado Génesis, en el que se impartían técnicas de regeneración celular provenientes, al parecer, del antiguo Egipto. Katia, la conductora, nos ilustraba uno de los ejercicios leyendo un pasaje muy tierno del llamado Libro de los Muertos, anónimo muy conocido en el Egipto de los faraones, donde se hilvana una sucesión de oraciones para facilitar el tránsito de los recién fallecidos a un estadío superior.
La idea que subyacía en tal pasaje, recurrente en la iconografía espiritual egipcia, es que el tránsito a una vida mejor se produce sólo si, por haberlo aligerado en vida, el corazón pesa menos que una pluma.
La cosa es que en aquel contexto me gustó esa idea, ese hablarle al propio corazón, ese tratarle como ser independiente, ese ir juntos de la mano y plantarnos ante un posible tribunal, ese depender de él.
Permítanme un paréntesis algo estrafalario: me viene ahora a la mente una curiosa tesis sobre accidentes en ascensores que defendía Emiliano Alaiz, un buen amigo del que hablaré próximamente en el apartado Autobiográfico. Mantenía Emiliano, aparentemente en serio, que, en caso de caer al vacío dentro de un ascensor al que se le rompen los cables de sujeción, no habría demasiado problema si sabemos calcular el momento del impacto con el suelo (las luces indicativas de cada piso ayudarían), y medio segundo antes nos limitamos a dar un pequeño salto. Así nos posaríamos en el suelo después de la colisión con suficiente suavidad como para no sufrir daño alguno.
Espero que Emiliano no haya tenido nunca la necesidad de poner a prueba su teoría, por su bien. Pero esta chirigota me viene a la mente cada vez que he sabido de personas que lo dan todo en el último momento de su vida -para desgracia de sus herederos naturales- con objeto "de salvarse". Esa concepción infantil es más habitual de lo que parece, ese recuperar el tiempo perdido para cualquier cosa en el último minuto.
La imagen del corazón egipcio liviano como una pluma rompe con esa pretensión. En el corazón se van posando cada una de las acciones del ser humano a lo largo de su vida, dándole mayor peso o ligereza según la calidad de tales acciones, de forma que sea él quien finalmente responda por nosotros si hubiera donde hacerlo. Y eso no es susceptible de improvisación, supongo. Es lo justo.
A medida que me iba adentrando en esa idea, y a medida que el plazo de aceptar, o no, a ese bebé se consumía, algo tiraba de mí y me agitaba; rescaté la canción, pero allí pasaba algo: la letra hablaba, básicamente, de un agradecimiento "por los servicios prestados" y de un deseo (no me dejes tirado). Pero algo faltaba: ¿dónde estaba el conflicto que a menudo supone amar? Hablaba en términos de pasado y de futuro... pero, ¿y el presente?... A ese presente estaba yo prendido, sin escapatoria alguna, en un terrible dilema donde la razón y la capacidad de amar se erigían alternativamente en jueces de la situación. Y de pronto sentí la necesidad de actualizar la canción, de completarla.
Días y días me peleé con Amigo corazón sin resultado... no sentía nada de lo que escribía. Me planteé dejarla como estaba, pero, para mi mal (o no), ya había anunciado a Kitflus, mi arreglista, que íbamos a grabar esa canción y el futuro cambio: no dos partes, sino tres. La grabación del playback era ya un hecho y no había vuelta atrás: esa tercera parte, esa alusión al presente, se había de escribir.
Un día antes de pasar por la clínica, Pier y yo volvimos a plantear, espontáneamente, el tema del embarazo; nos habíamos dado esa tregua de mudez, de aislamiento, para sentir desde lo individual, para no condicionarnos mutuamente. Y nos dijimos finalmente una cosa: la cuestión estaba mal planteada, el problema no era aceptar, o no, ese nacimiento. El tema era si ese niño tenía derecho o no a vivir, si lo deseaba. Y ¡joder si lo deseaba!: desde algún lugar ignoto nos había engañado una noche a las cinco de la mañana, medio dormidos, para que no tomáramos precauciones. Había superado contra pronóstico las dos pastillas del día después. Un proyecto de bebé con tal resolución tiene derecho a la vida. Esa es la conclusión a la que llegamos, en contra de otros sentimientos personales o acomodaticios.
Llamamos a la clínica, desconvocamos la intervención y el embarazo siguió su curso.
Esa misma noche escribí, libre y de un tirón, la parte que le faltaba a la canción. Iría en la parte central y decía así:
"En tus cuencas de rojo iridiscente
que aspiro a conocer,
un susurro intermitente
me trae a mal traer:
cuando me anuncias
que puedes mostrarme un camino a la luz,
y ahí no hay más que una cruz
con su sabor a renuncias,
que dice "no hay más opción,
o mueres en mí, o soy tu prisión".
Y yo no soy nadie sin ti,
y voy como ausente sin ti,
soy sombra en la sombra sin ti,
un guante vacío sin ti."
A Dios gracias, hoy sé que tomamos la decisión correcta. Adrià vendría. Lo demás podría esperar.
...........
Después de este primer mesecillo en el que ya nos oyes, nos saboreas, nos agarras con tus manitas irreductibles y nos empiezas a seguir con tu mirada solar, quiero decirte que te quiero mucho, Adrià: en lo que respecta a mí, eres la parte que le faltaba a mi corazón. La que me lo aligera.



