lunes, 20 febrero, 2006
Relato de un sueño imposible
Su rostro ocupaba todo mi campo de visión. Lo pienso ahora y recuerdo una novela extraordinaria, El Rostro Verde, de Gustav Meyrink, sugerente y misteriosa, que entonces acababa de leer. Y como en ella, la presencia de aquel Rostro me sumergía en una sensación de sobrecogimiento absoluto. Si la realidad se pudiera medir, pareciera que aquella escena era más real que la realidad misma. Y aquella paz... Tiempo después descubriría que era engañosa, como un anzuelo. Que aquella Presencia también podía devenir terrible, en la medida en que el encuentro con el Poder, en mayúsculas, te devuelve tu propia pequeñez y puede convertirte en el ser más vulnerable. Pero ahora me traía una tibieza, una proximidad, que evitaba que despertara sobresaltado de mi sueño.
Su mirada. Nunca había visto nada igual. Su mirada te hacía sentir desnudo y en presencia de lo Máximo, y amado en igual medida.
- Para Dios no existe el pecado. Esa es una invención de los hombres. Existe la Ofensa.
- ¿Eres... Dios?
- Sería preciso saber qué es Dios. El hombre, ante la imposibilidad de explicar lo fundamentel de su existencia, ante la imposibilidad de explicarse el dolor, ante la imposibilidad de alcanzar la paz, hace una huida hacia adelante y crea un dios a su imagen y semejanza. En él proyecta todo, pero eso no le lleva prácticamente a ninguna parte. Dios no es algo o alguien que exista; Dios Es. El camino hacia Dios es el camino del Ser.
- ¿Entonces?
- No, no soy Dios. Él está más allá de Mí. Aunque deberías saber que a determinados niveles, tales diferencias son difíciles de establecer. Quédate con esto: Dios puede ser un camino y puede ser una ley. Puede ser una energía y puede ser un padre. O podríamos llamarle, simplemente coca cola; no cambia nada. El Dios que a ti te puede interesar, como ser humano, es el que resuena en tu corazón, El Hijo. La máxima expresión de Dios es el Dios encarnado, el Dios hecho hombre. El portador de un proyecto de retorno. Para ti, hoy por hoy, es el único Dios verdaderamente accesible. Con eso te estoy diciendo mucho.
- ¿Te refieres a Cristo?
- Sí, pero no debes confundirlo con Jesús. Son distintos. Jesús era un Maestro, un gran médico, que se preparó durante veintiún años en la mayor Escuela de Conocimiento de aquella época, el Templo de Luxor, en Egipto. Se preparó, entre otras cosas, para encarnar a Cristo. Eso es algo muy fuerte. Ahí está todo.
Yo, literalmente, alucinaba.
- Entonces, ¿eres Cristo?
- Lo importante no es quien Yo sea, sino quién eres tú, ésa es la pregunta que te llevará a algún sitio.
Nunca me había ocurrido nada parecido. ¿Qué sentido tenía aquello, respuestas tan ambiguas para preguntas tan directas que yo nunca hubiera podido formular? Hoy, después de tanto tiempo, estoy seguro de que, aunque salieran de mi boca, aquellas palabras no eran mías.
- ¿Puedo llamarte Señor?
- Puedes llamarme así, porque lo soy, soy tu Señor.
- ¿Esto es un sueño, verdad?
- El ser humano, sobre todo en Occidente, pone tanta resistencia a cualquier tipo de enseñanza, que el sueño es una buena herramienta para Quien tiene que transmitir o mostrar algunas cosas. Los Maestros, los verdaderos, lo utilizan con frecuencia.
- ¿Y por qué a mí? ¿Por qué ahora?
- Si Dios es también un trayecto, esa respuesta le pertenece a tu trayecto. Ahora es prematura.
- ¿Por qué me hablabas del pecado?
- Porque has vivido, como tanta gente, condicionado por el pecado. Para Dios no existe el pecado, aunque el hombre se acomoda en esa idea, necesitado de establecer leyes para que la sociedad tire adelante.
- Entonces, si el pecado no existe, ¿todo es válido para Dios?
- El pecado no existe para Dios como culpa, en la medida en que la culpa no te hace andar sino te bloquea. Pero existe la Ofensa. La pureza, por ejemplo, no tiene sentido sino como una forma de impecabilidad. Ser impecable es mucho más interesante que ser puro, en el sentido humano del término, porque el hombre entiende la pureza como negación de una parte de sí mismo, pero Dios, que lo ha dado todo, lo quiere todo de ti. La impecabilidad es distinta, es una toma de conciencia sobre la necesidad de integrarlo todo y optar en cada momento por aquello que es necesario.
- ¿Era necesario que Jesús muriera en la cruz?
- Desde la perspectiva de Dios, no, no era necesario... fue, digamos, una apuesta personal. Pero ahí entran elementos difíciles de explicar. No existe el pecado, pero si el hombre vive sus errores como pecado, es porque Dios, cuando creó al ser humano dejó Su firma. Dejó escrito en el hombre algo parecido a un recorrido, una traza que le permitiera desandar y volver un día a casa. Esa traza es un punto de conexión entre lo Alto y este plano orgánico. Cuando la sigue, el hombre puede tomar conciencia de la Ofensa y repararla, más allá de la idea de pecado.
> En el hecho de hacer pervivir la imagen de Cristo muerto sobre una cruz hay una negación. Jesucristo nunca quiso fundar una Iglesia, y menos sobre la idea del Hijo de Dios muerto en la cruz. Esa idea del sufrimiento es típicamente cristiana y ha erigido toda una religión a su alrededor, pero no la pretendía Cristo. La otra idea errónea que se inoculó en la mente humana fue la idea del Hijo de Dios como hijo único. Jesús, con su vida, no pretendía sino mostrar un camino, un camino accesible, el camino de Maestría que él mismo, en su infancia, había iniciado en Luxor. En cambio, la Iglesia ha soslayado eso creando la falsedad del Dios inalcanzable; dicho de otro modo, que la condición de Hijo de Dios le corresponde a Cristo de forma excluyente. Esa es otra Ofensa, en este caso a la condición humana.
- Señor, ¿tiene sentido que yo explicara esto? ¿Es una misión?
- Me trae sin cuidado. Explicarlo no te hará mejor. Sepas, tan sólo, que el Cristo es sumamente frágil.
- ¿El Cristo, débil?
- He dicho frágil, no débil. No es lo mismo. El Cristo, que es la raíz de la vida y es un Estado de conciencia, es también la Necesidad. En el camino hacia Cristo, que es, desde cierto punto de vista, el camino hacia uno mismo, esa toma de conciencia, aún cuando los demás puedan adjudicarte una gran fortaleza, puede hacerte sentir tremendamente frágil, vulnerable. Porque al responder a la Necesidad, Cristo no se guarda nada para sí mismo. Vive en la oscuridad más absoluta. Por eso es la raíz de todo, porque, en origen, todo surge de la oscuridad. La oscuridad del universo, la Madre; desde la perspectiva de la Física, la llamada Masa Ausente. De ahí nace todo.
- ¿Qué importancia tiene que el Cristo sea frágil? Si ya no está aquí, ¿quién puede hacerle daño?
- Lo descubrirás cuando me descubras, a su tiempo. Recuerda la Parusía. Entonces verás lo importante de no hablar gratuitamente y adaptar algunas cosas, para evitar poner en riesgo a nadie en su fragilidad.
- ¿La qué?
- No acostumbro a repetirme. Mantente atento. Esto no es un juego.
- Entonces ¿por qué me regalas este sueño?
- Lo descubrirás por ti mismo.
Opté por cambiar de tema.
- El Arte tiene relación con Dios?
- Sí, tanta como la Religiosidad o la Ciencia. Son distintas vertientes de la misma montaña.
- En tiempos fui cantante.
- Lo sé.
- Ahora no.
- Lo sé.
De pronto, alguien se añadió a la escena. Una mujer, de rasgos orientales, cantando un aria de ópera. El Rostro desapareció de mi campo de visión. Se centró en la mujer.
- Sue, antes de lanzar la nota, recuerda el segundo punto de apoyo, es básico.
Ella ponía repetidamente en un lector de compacts, el Nessun Dorma! de Turandot, y lo cantaba encima.
Nessun dorma!
Nessun dorma!
Tu pure, o principessa,
nella tua fredda stanza
guardi le stelle che tremano
d'amore e di speranza!
Yo no tenía idea de ópera, pero imaginaba el esfuerzo que debía hacer ella para cantar un aria escrita para tenor, no para una voz femenina. Al tener que cantarla por arriba, estaba como tres o cuatro tonos por encima de su tesitura natural.
- ¡Sue, del diafragma a la cavidad craneal no!... Has de pasar por el corazón, detenerte allí, y luego hacerla resonar contra la máscara. Si lo haces correctamente, puedes alcanzar fácilmente el Fa sobreagudo. Vamos, repítelo.
Era una cantante de ópera. Una mujer espigada, de facciones chinas y unos cuarenta años. Guapísima. Se esforzaba en seguir sus indicaciones y, la verdad, parecía que tan pronto podía alcanzar la nota que el Rostro le proponía, como podía reventar. A veces desistía, consciente de sus límites, antes de dar las últimas y temibles notas. El insistía e insistía.
- Tienes que dominar este aria. La música no es lo que más me interesa, pero ésta es mi preferida.. Ese Vincerò me pertenece. Es la historia de mi vida entre vosotros.
Ella parecía desfallecer.
- Descansa, Sue, entiendo que te sea difícil. Pero si sigues mis indicaciones puedes conseguir cualquier cosa.
Yo no existía en aquella escena. Ella no había reparado en mí.
- Benedetta, tienes un don bellísimo, y a Dios le place que lo expreses al máximo. No te preocupes, Yo estoy contigo. Volvamos a ponerla de principio.
- Hoy no estoy muy bien de voz -replicaba ella, tocándose el cuello con preocupación-. No sé si voy a poder dar esa nota. No está escrita para mí.
- ¿No está escrita para ti? Está escrita para los hombres... aunque no es una historia de hombres. Es una historia de amor que va más allá de lo humano. Te pido algo aparentemente imposible, pero te estoy enseñando a hacerlo. No debes preocuparte. Tienes ese don y tienes que expresarlo. Si algo puede resultarle una ofensa a Dios, es que no apures al máximo el talento que te dio. Vamos, empecemos de nuevo.
La cantante lo intentó una vez más, resignada. No puso el tema desde el principio, sino a un par de frases del final.
... All'alba vincerò,
vincerò, vinceeeeeeroooò
Esta vez sí, la mujer había podido concluir la melodía, la más enamorada y misteriosa de Puccini, con un grito extraordinario, apoyándose en la segunda sílaba de aquel último Verbo, de aquella promesa, de aquella revelación de amor incontenido.
Su júbilo era inmenso, estaba realmente emocionada. El Rostro ya era una persona, un amigo que se dejaba abrazar. Sus cansados ojos azules, miraran donde miraran, destilaban una profundidad de milenios. Me puse a aplaudir con entusiasmo, y entonces ella reparó en mí.
- Saluda a Juan, Sue... Mira como te aplaude, mira como te aplaude... Las cosas que tiene la vida: esta noche estás en el lugar justo, pero en el momento equivocado.
Me acerqué a ella y la abracé también.
En ese momento desperté.
martes, 21 febrero, 2006
El Misterio de Turandot
Luego de aquel sueño, pasé unas semanas alelado, como flotando, presa de un conjunto de sensaciones contradictorias, incapaz de elaborarlas, de entender el trasfondo de todo aquello. Por encima de todas sus palabras, que mantenía absolutamente vívidas, una frase de aquel rostro me repiqueteaba: "Ese Vincerò me pertenece; es la historia de mi vida entre vosotros".
Tanto fue así, que empecé a interesarme por la ópera en cuestión y, tras ella, por lo mejor de la ópera italiana: Verdi y Puccini. El gran iniciador, el que sentó las bases de la ópera moderna, el prolífico y contundente compositor de Roncole, y la sensibilidad hecha música, la ternura, la versatilidad, la heterodoxia y la culminación de un género a cargo del gran músico luccano.
Turandot es la obra cumbre de Giacomo Puccini (1858-1924), que dejó incompleta al morir y tuvo que acabar un colega y amigo suyo a partir de algunos apuntes del autor. Al igual que Mozart en su Requiem, Puccini parecía haberse vaciado ante una creación definitiva y sucumbido poco antes de acabarla, con el contenido central intacto. Pero, a la luz de las palabras de mi sueño, la obra cobraba para mí una nueva dimensión. Pareciera que toda la obra del compositor fuera una preparación para su mayor obra maestra. Edgard, Manon Lescaut, La Bohème, Tosca, Madame Butterfly, La Fanciulla del West, Il Trittico, todas cargadas de atmósferas distintas y únicas, como preparando la Gran Atmósfera, que recrearía un escenario imaginario y mágico de la antigua china.
La princesa Turandot, de belleza inigualable y a causa de antiguos agravios, decide conceder su mano a cualquiera de los príncipes extranjeros que la pretenden, bajo una condición: cuando un pretendiente llega a palacio, ella le planteará tres enigmas. Si los resuelve, será irremisiblemente su esposa. Si no, el atrevido pretendiente será decapitado.
Cuando un príncipe desconocido llega a palacio, varias cabezas cuelgan sobre el muro como premio a su osadía. Ante la presencia de Turandot queda hechizado por su belleza y decide presentarse y encarar la prueba. Incluso su padre, Timur, intenta, para salvarle la vida, disuadirle de algo tan peligroso. El desconocido no sólo se presenta, sino que resuelve, uno a uno, los enigmas, bajo la sorpresa de todos, incluido el estupor de la propia princesa. Es entonces, cuando ella, desesperada ante la imposibilidad de sustraerse a su promesa, llena de angustia, observa como aquel desconocido, por amor, le hace a su vez una propuesta. Él le formulará una sola pregunta que ella deberá contestar. Contará, durante la siguiente noche, con la colaboración de sus sabios y súbditos para, al amanecer, dar una respuesta. Si la respuesta no es correcta, deberá casarse con él; si la acierta, él le ofrecerá su cabeza. La pregunta formulada por él, simplemente, ésta: "¿Cuál es mi nombre?"
Turandot pasa la noche en vela, dando instrucciones a todo el mundo para que nadie duerma y le ayude a encontrar la respuesta. Ahí arranca el aria principal de la obra, en ese que nadie duerma, que recoge el propio príncipe para iniciarla. Poco antes de la hora convenida, Turandot, a pesar de haber torturado y provocado la muerte de Liu, esclava de Timur y enamorada del príncipe en secreto, es incapaz de resolver el enigma. Y el extranjero, en un arriesgado gesto de enamorado, por no verla sufrir, le descubre su nombre: Kalaf. La princesa recobra el aliento y, dueña de la situación, parece dudar entre las dos alternativas que se le abren nuevamente ante el desconocido. Pero en el momento culminante, rendida ante la generosidad de su pretendiente y contagiada por su amor, se presenta ante su padre, el emperador, acompañada de Kalaf, decidida a revelar el nombre del príncipe: "Padre -le anuncia-, conozco el nombre del extranjero; se llama... Amor".
La obra es bastante sorprendente, pues un final operístico feliz no era lo más habitual. Para encontrarles un sentido a las desconcertantes afirmaciones de mi sueño, estudié diversas biografías de Puccini, por si él se hubiera adscrito a algún tipo de movimiento religioso o esotérico que le permitiera dar un doble sentido a su obra póstuma. Y no encontré nada, ninguna pertenencia, ninguna adhesión, ningún rasgo de misticismo consciente en su trayectoria. Él, como otros autores, había leído esa fábula ancestral actualizada por el veneciano Carlo Gozzi, y se había dejado impresionar por su fuerza dramática, muy de la época. Seguí luego la pista de la propia historia, por si podía ubicarse en algún tipo de literatura mística. Hasta donde yo sé, la historia originaria se enmarca en una de las siete historias narradas en un cuento llamado Las siete bellezas, según unas fuentes (Las siete princesas, según otras), atribuido a Nizami Ganjavi, gran poeta y escritor persa del siglo XII. Ella aparece allí como Turandujt, una orgullosa princesa rusa. Un cuento de amor, simplemente.
Ese descubrimiento, lejos de disuadirme, reforzó en mí algo que yo venía sospechando hacía tiempo. De tener mi sueño algún sentido, y de ser cierto el origen sencillo y sin pretensiones de la historia, no cabía otra posibilidad que la de pensar que muchas de las obras humanas se escriben, de forma inconsciente, al dictado de lo Alto. Siempre he creído en la existencia de esa Inspiración Divina, y no sólo para el arte, sino en todo tipo de acontecimientos humanos, para ayuda de científicos, pensadores, religiosos, políticos, militares, etc.
En todo caso, no era más que una suposición, carente de interés para nadie que no fuera yo. Pero me llevó a analizar un poco más atentamente el propio libreto de Turandot, en espera de las analogías que permitieran esa segunda lectura, capaz de hacerle a Alguien, aunque fuera en un sueño, reclamarla como hecha a su medida.
No me hubiera atrevido nunca a escribir esta historia, de no creer, una vez leído el libreto, que la conexión existe, que esas analogías están, aunque de forma solapada. Si lo hago es con la esperanza de que las siguientes consideraciones ayuden, no sólo a descubrir una Turandot distinta, mucho más profunda, sino también la posibilidad de imaginar a un Cristo más humano, más cercano a nuestra condición y tan apasionado como nosotros.
En primer lugar, estoy convencido de que si hay más de un camino para conocer a Cristo, al Cristo verdadero, a quien nos permita encarnar ese Estado, todos ellos han de pasar inevitablemente por un mismo lugar: el corazón. Dicho de otro modo y en lo que nos ocupa, hay que leer y escuchar Turandot desde el corazón, no desde la mente. La historia entre Dios y los hombres es una historia de amor, no de intelectos.
Si hay alguna resonancia Crística en la obra, surge de hacer un par de pequeñas y definitivas traslaciones. Donde pone Kalaf, en su condición extranjera, en su generosidad y capacidad de amor, en la aceptación de la necesidad y en su fragilidad, hay que poner Cristo. Y donde pone Turandot, en su orgullo y arrogancia, en su desprecio al amor y su gusto por la sangre, hay que poner Humanidad. Entonces, esa segunda lectura aparece apasionante y llena de sentidos. El Hijo, Presencia de Dios en la Tierra, aparece enamorado de la Humanidad, como posiblemente no podría ser de otra manera. La belleza de esa humanidad se desvela en su inocencia, ignorante de lo que Es en potencia, en esa criatura firmada a la que se aludió en el sueño. No tanto por lo que eres, como por lo que puedes llegar a ser.
Curioso el pasaje de Timur, padre de Kalaf. Se diría que Alguien, que no quisiera ver sufrir a su Hijo, sabe muy bien lo que, producto de la ignorancia y el rechazo, le espera y trata de evitarlo. Sin embargo, el Cristo no se deja convencer, y asume encarar la prueba. Una prueba que puede llevarle al sacrificio.
Suena el primer enigma: "¿Quál es el fantasma que cada noche nace de nuevo en el hombre y muere cada día?" La respuesta correcta, que da el príncipe es La Esperanza.
Segundo enigma: "¿Qué es lo que flamea como una llama y sin embargo no es fuego, que arde como la fiebre pero se enfría en la muerte?" La respuesta correcta es La Sangre.
Tercer enigma: "¿Cuál es el hielo que más quema y cuanto más quema más frío es?" Aquí la respuesta es Turandot.
A la nueva luz que se propone, la verdadera y durísima prueba a la que se enfrenta Kalaf-Cristo no es resolver enigmas, que por supuesto desentraña fácilmente, sino plantear el suyo propio a la Princesa-Humanidad, poniéndose en sus manos sin motivo, sólo por el placer de ser reconocido como enamorado. Turandot-Humanidad no le reconoce, pero el amor de Kalaf-Cristo no lo acepta y se descubre voluntariamente, quedando a su merced y confiando una vez más en la fuerza del Amor. Y Turandot-Humanidad finalmente reacciona.
Me he acostumbrado, por una cuestión de preferencias, a escuchar esta magnífica y subyugante obra con las nuevas referencias. Recuerdo los ojos de aquel Rostro proclamando "Es la historia de mi vida entre vosotros", y los llevo en el corazón. Para mí es suficiente, Turandot como símbolo vivo es suficiente -ese volcarse del Cristo una y otra vez sobre la Humanidad hasta ser reconocido-. Me conmueve y me pone en marcha, que es cuanto se puede esperar de un símbolo verdadero. Por eso creo en esa visión, porque me hace bien.
Me gustaría que los amantes de esta ópera intentaran verla una sola vez con ojos nuevos, admitiendo la posibilidad de mi lectura, que por otra parte, no es mía. En el mejor de los casos, me vino dada. Pero más allá de lo dicho hasta ahora, permítanme seguir jugando un poco más con los símbolos:
La Esperanza... La Sangre... Turandot-Humanidad... Kalaf-Amor... Cuatro respuestas a cuatro preguntas arbitrarias... ¿De verdad? ¿Y si las encadenamos? Demasiado tentador para resistirse:
La esperanza está en la sangre de la Humanidad, a través del Amor de Cristo.