lunes, 01 noviembre, 2004
El personaje
Hace unos días vino al despacho Víctor Amela, un conocido periodista de Barcelona que, entre otras actividades, es uno de los responsables de La Contra de La Vanguardia, donde aparecen a diaro unas entrevistas que hacen de esa sección la más leída del periódico. Alguien le dijo que yo volvía a la música y él se avino a entrevistarme.
Iban a ser mis primeras declaraciones públicas para un medio escrito en mucho tiempo, y estaba preocupado. Quien me conoce me había dicho: "sé preciso, no te andes por las ramas... y sé tú mismo". Algo irreconciliable, porque para ser yo he de hablar por los codos. Me preocupaba porque en un medio radiofónico, o en televisión, si te explayas confías en que quien te escucha hará su propia síntesis, y aunque te expreses con cierto rodeo, se va a entender lo que quieres decir. Pero para prensa escrita no es así, y menos si el entrevistador no está grabando la conversación.
Yo le decía: "Víctor, creo que hablo muy rápido y deshilvanado, no sé si te estoy liando". Y él me contestaba que no, que confiara en él, en su capacidad de síntesis. Y decía estar muy contento por la cantidad de materiales que se derivaban de aquella hora y media que estuvimos juntos.
Pero mi temor continuó, y sigue hasta hoy. La entrevista sale dentro de unos días, y ahí veré si estuve, o no, caótico. Porque hay algo más, no es sólo falta de rodaje.
Víctor no lo sabe, pero yo me había preparado para la entrevista en un sentido. Por mi parte la consigna fue: "Joan, va a responder la persona, no el personaje". Eso es muy fácil de decir, pero muy difícil de asumir, porque la persona se muestra tal cual es, y el personaje dice sólo lo que toca, lo que lo alimenta.
Y ahí, desde la persona, acepté sin rechistar abordar cualquier tema que él pudiera plantear, y surgieron temas duros, de los que un desaprensivo, fuera de contexto, extrae titulares muy llamativos.
Pero decidí, ya lo había decidido tiempo atrás, que volver a la música pasaba por ahí. Ya me había hecho la pregunta muchas veces: "¿serás capaz de volar sin red, de renunciar al personaje?" Porque, diez y ocho años atrás, ése había sido uno de los motivos que me hicieron abandonar: no saber conciliar persona y personaje.
En estos días me siento en manos de Víctor. Completamente vulnerable. Tuvo la habilidad de llevarme al terreno de las confidencias en menos de cinco minutos; o yo tenía muchas ganas de abrirme, vaya usted a saber. Pero intuyo lo que me espera para los próximos años: confiar en la vida y en la buena fe de los demás sin necesidad de protegerme en exceso, sin necesidad de construir un escaparate a medida de lo que la gente, en teoría, espera oir.
Y sinceramente creo que, sólo cuando ese personaje ya no exista, dejaré de preocuparme por ello.
sábado, 13 noviembre, 2004
Sobre Las Cerezas, Julia Otero, Samuel Eto'o, Xarli Diego, un tal Violant y Charo
Martes 9 por la noche. Vamos en el coche que Televisión Española envía para llevarnos a Charo, mi jefa de prensa, y a mí, a Sant Cugat, al programa Las Cerezas, de Julia Otero.
Hay algo que me hace especial ilusión esa noche. No es sólo aparecer en un programa de Julia en hora de máxima audiencia, no es sólo poder anunciar por primera vez, en una televisión nacional, que vuelvo a la música después de tantos años. No. Es que he leído la lista de participantes del programa y veo que va a asistir Eto'o. Eso sí es nuevo para mí.
Samuel Etoo, uno de revulsivos del gran Barça de este año. Qué calificativo se le puede poner a este hombre, actual pichichi de la liga, al que despreció el Madrid relegándolo a un destierro dorado en Mallorca. Cuando, a ojos de los culés, el término "galáctico" se ha ido devaluando entre telediarios sesgados en favor de unos colores, ¿cómo podemos calificar a este estilete, fino, resolutivo, descarado y artista?
Eso sí me hacía ilusión, compartir mesa y plató con él, poder preguntarle, tenerle cerca. Ante la fascinación que producen determinados jugadores de futbol nos rendimos todos. Y Eto'o es fascinante.
Pues no. La cosa no iba por ahí. Al llegar me enteré que yo aparecería en el programa a última hora, en otro contexto. De hecho coincidí con otro malabarista, que hacía filigranas con dos y tres balones de fútbol... pero esa es otra historia.
Es obvio que el programa me fue igualmente útil, y agradezco la resolución de Julia en invitarme, en colarme en la escaleta a última hora, y ofrecerme esa magnífica posibilidad de anunciar mi vuelta.
Pero el tema de Eto'o no pudo ser. Le vi por televisión en la sala de invitados, y salió luego por otro lugar, desapareciendo. Es muy televisivo ese muchacho, magnético y de una sencillez extrema. Es religioso, y siempre que tiene la oportunidad da gracias a Dios por su éxito. Es un hombre con gran sentido del humor, comprometido con su gente, con todo un continente que le venera. Por ello abanderó, apadrinó, hace un tiempo, durante en su etapa en el Mallorca, una fundación en favor de los enfermos de una determinada enfermedad degenerativa, parecida a la lepra, propia de algunas regiones de Africa.
Al día siguiente Charo y yo salíamos para Madrid, ya que debíamos hacer la presentación del disco a los medios de comunicación. De no ser por el programa, hubiéramos salido el día anterior, porque se nos había avisado que a causa de la feria del SIMO, la llegada a Madrid por aire iba a estar muy difícil.
Cuando llegamos al aeropuerto del Prat, sobre las 8:30 de la mañana, la visión del hall me dejó en estado de shock: podrían ser tres o cuatrocientas personas que serpenteaban en una interminable cola, plegada varias veces sobre sí misma, ocupando completamente el amplio vestíbulo del puente aéreo. A lo del SIMO se había añadido el retorno del puente de cuatro días de la Almudena.
A esa hora temprana se iban cerrando los vuelos uno tras otro: el de las 10:45, el de las 11:45, y la fila prácticamente sin moverse. Muchos desistían ante la expectativa de llegar a Madrid a media tarde. Nos pusimos a la cola de forma automática, sin hablar, sabiendo que nuestra presentación era a la una del mediodía y no llegábamos. Creo que fue el estado de colapso mental que le hizo decirme a Charo: "Joan, la facturación de los equipajes es arriba, en el primer piso". Ese mismo estado me hizo aceptar sin rechistar un comentario que, en cualquier otra situación, hubiera cuestionado al instante, pues no tenía sentido.
Puse el carro en movimiento, que íba cargado hasta arriba: varias cajas con discos y dossiers de prensa, la guitarra del artista, bolsa de ropa, y unos carteles de aluminio que sobresalían medio metro a cada lado del carro, y topaban cabreando aún más a los viajeros.
De pronto vi a alguien conocido. Al principio no le reconocí, desesperado como estaba. Me saludó: "hombre, Joan, veo que vas a Madrid". Le puse cara de pocos amigos, devolviéndole el saludo. Estaba tan contrariado que no reconocí a Xarli Diego, antiguo locutor de radio y presentador de televisión, "de mi época", aunque unos años menor que yo.
Fui a buscar un ascensor. ¿Cómo podía ser que no lo hubiera?, ¿cómo se puede facturar así? Sin poder reaccionar ante aquella situación me fui con el carro monstruoso hacia las escalerillas mecánicas. Imaginénse una pendiente de cuarenta grados, conmigo escondido tras el carro, rogando que la guitarra no basculara por un lado, o no se atoraran las ruedas en las escaleras al llegar arriba, que lo haría saltar todo por los aires.
Bien, subí. Soporté unos minutos de una nueva cola hasta llegar a la posición del control por scanner de los equipajes. Algo no cuadraba. No estaba en disposición de pensar, pero en mi archivo de imágenes guardadas nunca me había visto con un carro ante la guardia civil. Un agente me dijo: "caballero, no puede pasar por ahí con el carro. ¿A dónde va?". Le dije que iba a tomar el puente aéreo. Lacónico me contestó: "es abajo". Insistí y me dijo: "siempre ha sido abajo".
¡Dios! Otra vez la escalerilla mecánica, sólo que esta vez al revés. Deshacer aquel camino era como el descenso de un alpinista, mucho más complicado que el ascenso. Al aterrizar de nuevo en la planta baja, oigo una voz detrás de mí: "joder, como ha cambiado la música, antes el artista era el que hacía cola, y el promotor las gestiones de facturación". Le digo: "no, yo llevo jefa de prensa, es otra cosa".
Era Xarli de nuevo. Me dice que había encomendado su equipaje a alguien en la fila de los cuatrocientos zombies, y que allí estaba él para ayudarme. Se le agradecí, porque la sala estaba cada vez más llena y temía perder los alerones del carro en cualquier momento. Buscaba a Charo con los ojos inyectados en sangre.
De pronto recuperé la memoria. En 18 años de silencio no di una sola entrevista de forma voluntaria... excepto la de Xarli. Hace unos once años me llamó, porque empezaba un programa llamado "Por mí que no quede", en Antena 3 Radio. Con él rompí una promesa que me había hecho al dejar la música. La rompí porque creí que entonces él necesitaba ayuda. Habíamos sido buenos amigos en tiempos, él había organizado magníficos partidos de fútbol sala, los típicos cantantes vs. periodistas, en los que yo había participado siempre. Yo jugaba de portero, que cansa poco, y había estaba flanqueado por Bertín Osborne y Joaquim Maria Puyal, verdaderos valladares futbolísticos.
De nuevo en la cola, todo se hizo más claro. Sobrellevamos la insufrible espera avivando recuerdos. Curioso: ahora era él quien se había alejado de la música, dado que había organizado una empresa de imagen y comunicación; en cambio, yo era quien volvía. A todo eso, el ya se había enterado de mi vuelta y decía alegrarse mucho por ello. Incluso declaró conocer esta web, cuando no llevaba más de una semana abierta. Había podido leer, en la Agenda, un calendario cada vez más lleno de actividades, y parecía conocer mis próximos pasos.
-¿Sabes? -me dijo antes de despedirse- a la vista de esa agenda no me atreví a pasar tu teléfono a una persona.
-¿Y eso?
-Sí, un tal Miquel Angel Violant leyó la entrevista tuya de La Vanguardia del otro día y me llamó -dijo Xarli-. Sabía que yo te conocía. Dijo que le haría mucha ilusión hablar contigo para hacerte una propuesta.
-¿Una propuesta? -dije extrañado.
-Bueno, más que una propuesta una petición. Le gustaría que compusieras algo para él, para una organización en la que él participa.
- Bien, ya ves como voy -le dije-. Hasta enero o febrero no me veo capaz.
- Sí, es lo que yo le dije, que irías a tope. Pero me insistió... aunque nunca se lo di.
Aquello empezaba a tomar el color de una extraña conspiración, ya que Xarli y yo no nos veíamos desde 1993. Él ya no volvió a hablar de ello y recuperó su lugar en la cola, unos metros más atrás. Seguíamos sin movernos. Quien haya leído aquel famoso cuento del colapso en la autopista (¿de Cortázar?), podrá imaginar con exactitud nuestro estado de ánimo.
Al cabo de unos minutos vuelve Xarli y me propone comer un bocadillo en la barra del bar, a unos diez metros de allí. Casi sin mediar palabra, le dejo el carro a Charo y me voy con él a desayunar.
-¿Y esa gente, ese Violant? -le pregunto, por hablar de algo mientras llegaba el bocata.
- Ese Violant es uno de mis mejores amigos y un hombre honrado. Es jefe de comunicación de la Cadena de Hoteles RIU. Allí conoció al recepcionista de uno de los establecimientos. Un tal Campaner. ¿Te suena?
-No -le contesté-, ¿debería sonarme?
-Bueno, hoy es muy conocido. La familia Campaner creó en Palma de Mallorca una ONG para luchar contra una enfermedad llamada Noma. Los temas de comunicación los lleva de forma desinteresada Miquel Angel Violant. Y él cree que tú podrías hacer un buen trabajo para promover aún más la fundación a base de una canción, o un jingle, relacionado con la enfernedad, o con lo que se te ocurra.
-Ya.
En aquel momento, de pronto, se anuncia por megafonía que Iberia había habilitado dos aviones más para el puente aéreo. Las filas se pusieron rápidamente en marcha. Xarli estaba en uno de los mostradores de cheking, y nosotros en otro, a unos metros de distancia, exultantes.
Casi gritando, me dice: "¿sabes quién es el padrino, la cara visible de la Fundación?"
-No, ¿Quiéeen?
-¡¡Samuel Eto'o!!
Me quedé de una pieza. Antes de que se perdiera por el finger, creo que aún me pudo oir: "¡¡Coño, Xarli... Dale mi teléfono, chico, dale mi teléfono!!
Y desaparecimos.
miércoles, 24 noviembre, 2004
Sabina y unos zapatos negros.
Hace veinte años, una vez al mes, yo tomaba un tren nocturno hacia Madrid. Asistía a la Sociedad de Autores, al pleno mensual, dado que por entonces formaba parte de su consejo de administración, formado por una treintena de autores de teatro, compositores y directores de cine.
Aquella noche me acerqué al bar a tomar algo y le vi allí, sentado, frente a una libreta llena de notas, con algo de beber en la mano, absorto, rebuscando entre sus emociones la frase feliz que ilustrara, jugando como siempre a los dobles sentidos, la penúltima experiencia con una mujer.
No pude evitarlo: "hey, eres Sabina, ¿verdad?"
Lo que pasó fue muy simple. Percibí en sus ojos de gato dos rayos de afecto claro, simple y generoso, tan poco frecuente entre colegas del escenario. Y en los míos debió ver algo parecido a la fascinación, porque nos pasamos hasta Zaragoza hablando de canciones y riendo, fumando y bebiendo. Pero esa noche descubrí la otra cara del Sabina descarado y volátil. Descubrí al autor que no pierde un minuto, que aprovecha cualquier situación para pulir la letra de una canción. Y que no duda en compartirlo con un colega al que acaba de conocer. Si eso no es generosidad, que baje Dios y lo vea.
Creo que nos volvimos a ver una vez más en la vida. Pero tanto daba. A partir de aquel momento Joaquín era un amigo. Liviano y omnipresente, no contaminado, que está ahí, pillado en un recuerdo, asociado a un par de experiencias intensas y nada más. Y durante todo el tiempo, el recuerdo es inmaculado.
Creo que Joaquín lo vivió de igual manera hace unos días.
Yo debía volver a Madrid y acudir a la Sociedad de Autores de nuevo. Pero ya no estoy en consejo alguno, esta vez era para presentar a los medios el disco que daba forma a mi retorno. Y unos días antes caí en cuenta de una cosa: si alguien debía poner unas palabras de afecto verdadero, de soporte a mi trabajo, no encontraría a nadie como Sabina.
Envié un correo electrónico a su oficina dirigido a su persona, en el que, en esencia, le decía: "mientras tú has desplegado una carrera impecable, yo volví al mundo de los anónimos, y lo hice voluntariamente. Hoy quiero volver, y si me lo permites, quisiera hacerlo de tu mano, de la mano de mis mayores".
Ese fue el primer mensaje en la botella. El segundo fue un disco que le envié por correo urgente a su oficina. Pero el riesgo era evidente: al no hablar directamente con él, la situación me podía llevar a un callejón sin salida, pues la presentación estaba a la vuelta de la esquina y no tenía ninguna seguridad de que le llegaran mis mensajes.
Desde la Sociedad de Autores se me pedía, por cuestiones de protocolo, el nombre del presentador. Habitualmente es anunciado en el boletín de la entidad. Y yo no sabía qué decir, por lo que me limitaba a ganar tiempo.
La presentación era un miércoles. El domingo anterior estaba ante la tele, viendo un partido de fútbol. Sonreía Ronaldinho tras una jugada imposible cuando me sonó el móvil: "¿Joan?... soy Joaquín". No le reconocí de entrada.
- Joaquín Sabina.
Me quedé mudo, dando un salto. Mi hijo Esteban estaba conmigo y no entendía nada, sorprendido ante aquel movimiento inesperado y felino de su padre.
- ¡Joder, Joaquín, cómo te agradezco tu llamada!
- Joan, me acaban de pasar el email y el cd. Ahora me voy a estirar en el sillón y me voy a regalar tu disco. Pero ya te digo que sí, que puedes contar conmigo dónde y cuándo quieras.
Ese era el punto: antes, incluso, de escucharlo. Ese es Joaquín Sabina, el incondicional. Hacía casi veinte años que no sabía nada de un colega que había desaparecido sin dejar rastro. Un colega conocido en un tren nocturno, y reencontrado en una única ocasión al pie de un escenario en Barcelona, después de hacerle disfrutar por dos horas con su voz ronca y golfa, y su música llena de frescura.
Nunca supe si el Barça acabó ganando o no aquel partido.
Cuando llegué a Madrid no tuve tiempo de pasar por el hotel. Del aeropuerto enfilamos hacia la sede de la Sociedad en un taxi. Le pedí al taxista que parara en una zapatería; disponía de menos de cinco minutos, pero me dio por comprar unos zapatos negros de piel vuelta. Los compré en la calle Fuencarral, al lado de nuestro punto de destino. Al volver al taxi me sonó el móvil. Era Joaquín.
- Joan, estoy en Autores. Aún no ha venido nadie. Te espero en el café Malebo. ¿Lo conoces?
Pregunté al taxista y me dijo que pasaríamos en un minuto frente al bar. Al llegar, me tiré del taxi en marcha con mi bolsa de viaje y la caja de zapatos. Charo se quedaba (ji ji) con las cajas de discos, los dossieres, los cartelones de aluminio y la guitarra del artista.
Entré en el café. Joaquín estaba sentado en la barra en compañía de Jimena, una bella mujer que había puesto voz y amabilidad a mis llamadas. Les di un abrazo apresurado.
- Siento llegar tan tarde, Joaquín. El puente aéreo ha sido un completo caos. Esperad un momentito, debo cambiarme de ropa.
Entré en el lavabo y me desnudé, desparramando la ropa por el suelo y rogando al cielo que no entrara nadie, pues la luz llevaba un temporizador, y cada minuto y medio me quedaba a oscuras.
Al fin salimos de allí. LLegamos a la Sociedad. Enseguida, Pablo Herrero, vicepresidente de la entidad, inició el acto dando paso a Sabina. Este sacó unas notas de la chaqueta, que extendió sobre la mesa, y empezó a improvisar.
Con el lenguaje llano y sincero de sus canciones, con ese dominio de la metáfora que yo no le he visto a nadie, Joaquín dijo cosas muy lindas ese día. Fue mi hermano mayor en todos los sentidos. Aludió a los encuentros del pasado y a la compra que había hecho minutos antes. Dijo que yo no era sino un chiquillo con zapatos nuevos.
Y no se equivocó; yo quería que él me viera así, como su hermano chico. Por eso compré ese par de zapatos negros, el color que mejor le sienta a Sabina. Quería decirle, en el lenguaje de la alegoría que él conoce tan bien y me desveló una noche, que él era tan importante para mí como esos zapatos nuevos, que en el pasado se me negaron tanto.