Como mi madre tenía plena confianza
en su cuñado Agustín, médico
titular de su pueblo, fue allí a parir
a tres de sus diez hijos. Uno de llos era yo.
Nací la noche del 4 de enero de 1950,
en Navarrés, un pueblo agrícola
del interior de Valencia. Volví en brazos
de mi madre a Terrassa, la ciudad donde vivía
la familia, ya numerosa por aquel entonces.
Mi padre era industrial de tejidos, tenía
una fábrica de pañería
que no resistió los embites de la crisis
industrial catalana de finales de los 50 y tuvo
que venderla. Creo que fue entonces que él
empezó a sentirse libre.
Estudié once años en las Escuelas
Pías de Terrassa. Acabé el Preuniversitario
y en 1968 me fui a Barcelona, a 30 kilometros
de allí, a estudiar Arquitectura. Llegué
a tercero de primero. Es decir, repetí
curso por dos años. Yo tocaba algo la
guitarra, y seducido por el arte de Joan Manuel
Serrat, que entonces emergía, junto a
otros cantautores, como una isla bellísima
en un mar de mediocridades de la España
de la pandereta, decidí que quería
dedicarme de lleno a la música, a componer
y cantar mis canciones como ellos.
Reconozco que mis padres debieron sufrir cuando
les anuncié que dejaba la carrera, pero
hoy valoro el respeto y la confianza que mostraron
hacia quien no era sino un chiquillo.
A los 18 años, en octubre de 1968, canté
por primera vez, en un teatro de Terrassa. Fueron
tres canciones junto a Serrat, y ahí
me acabé de decidir. Todo estaba por
hacer, pero ante mí solo se abrían
posibilidades, magníficas posibilidades
de actuar en directo en el contexto de la llamada
cançó catalana.
Conocí entonces a Lluís Llach,
y estuve actuando a su lado como telonero por
dos años. En 1970, Columbia, una compañía
de discos, me propuso mi primer contrato discográfico.
Fue la época de temas escritos en catalán
como Gemma, Busco una
flor, Tonades, etc.,
y luego un long play llamado Fulls.
Eran temas de un adolescente con una gran carga
de amor y sufrimiento encima. Creo que me subí,
como tantas otras pesonas, a un escenario para
vencer mi propia timidez. Yo era idealista,
apasionado y sufriente por naturaleza. Pese
a todo eso, Gemma se convirtió,
en Catalunya, en un clásico de la canción
de autor, de estilo indefinible y tierno.
En 1973 fui a hacer el servicio militar a Palma
de Mallorca. Allí conocí a Loli,
la mujer con la que me casaría dos años
más tarde. Con ella tuve dos hijos, Joan
y Esteve, aunque por respeto a ella, en casa
se habló siempre castellano. Así
había sido siempre en mi niñez;
en casa de mis padres se habló castellano
por idénticas razones, y era lógico
pensar que yo acabaría componiendo canciones
en castellano. Y así fue: la mili, junto
a Loli, fue el escenario perfecto.
De ahí nació Diálogos,
mi primer disco en lengua castellana, que grabé
para Movieplay. El disco empezó a sonar
con fuerza, primero en España y luego
en México y algún otro país
de latinoamérica. Destacó un tema
por entre los demás, Que no soy
yo, que le abrió muchas puertas
a una pareja de recién casados sin otro
equipaje que la confianza en el futuro.
Grabé luego, en 1977, un disco llamado
Aires de cemento, menos jovial
y positivo que Diálogos, pero más
denso de contenidos, con un mayor compromiso
social, según soy capaz de entender ahora.
En ese disco sobresalía un tema que canté
luego durante toda mi carrera: Terciopelo.
De ahí pasé de nuevo al catalán,
con un trabajo que marcó la iniciación
de un nuevo Joan, más preocupado por
temas realcionados con la trascendencia y religiosidad
del ser humano. Fue el que yo considero el trabajo
más conseguido, más elaborado,
el mejor disco que he compuesto en mi vida,
llamado Fins que el silenci ve
(Hasta que llega el silencio), con el que me
presenté en el Palau de la Musica catalana
en 1979, entonces el sancta sanctorum para los
cantautores.
Fue un tipo de obra, de planteamiento musical
(una suite de 35 minutos), que sólo era
posible realizar bajo dos supuestos: cuando
tienes mucho poder en una compañía...
o cuando interesas tan poco que te dejan a tu
aire. Sea como fuere, el disco está ahí,
se pudo grabar, y es un disco de culto para
un tipo de gente que me interesa mucho: personas
que se buscan a sí mismos, que saben
que hay algo trascendente en el ser humano que
va más allá de lo evidente. Si
en su momento el disco tuvo poca difusión,
sé que en la actualidad hay compañías
que intentan reeditarlo. Ojalá, porque
hoy ese mensaje tiene mucha más cabida
que hace 25 años.
A continuación, en 1981, cambié
de compañía discográfica
y me fui a RCA, una multinacional. De la mano
de Rafael Perez Botija y Manolo Díaz,
como productores, grabé un disco definitivo
en mi carrera, Hay que vivir.
Era la primera vez que grababa fuera, en Londres,
y todo era nuevo para mí. Fue un buen
trabajo, una espléndida producción
que recogió temas como Hay que
vivir, Vaya con la vida,
El extranjero, Dama
de una noche y, sobre todo, Clara.
Esa canción me ha acompañado siempre,
desde entonces, y me permitió viajar
a America en años sucesivos.
A continuación grabé Amor
de aficionado, un disco lleno de recuerdos,
un exorcismo personal, un disco que compuse
en su mayor parte recluido en Navarrés.
Los temas de mayor repercusión fueron
A mi adolescencia, Volvió,
Otoño en Navarrés
y, sobre todo, Yo no podría vivir
sin ti.
El último disco de aquella época
fue Sólo soy un ser humano,
que grabé en 1984. Fueron cuatro semanas
espléndidas, grabando en Madrid de la
mano de Kornell Kovack, un arreglista yugoslavo
que, a pesar de las dificultades de idioma,
entendió las canciones plenamente y les
sacó todo su partido. El disco recogió
temas como Ana pregunta por ti,
Entramos en Acuario, La
hora de las brujas y Hoy la
vi, aunque la canción más
conocida fue la que dio título al disco,
Sólo soy un ser humano.
En 1986 presenté un nuevo disco a RCA.
Fueron tiempos difíciles para mí.
Ariola, otra multinacional, absorvió
a mi compañía y fui llamado por
el nuevo presidente de la sociedad resultante.
Me dijo que había overbooking de artistas,
que con otros cantautores provinentes de Ariola
cubrían el cupo. Me dijo que dado que
me debían dos discos, estaban obligados
a grabarlos, y que para ello había pensado
que el productor ideal para mi disco, que ni
se dignó escuchar, era... un productor
de flamenco. Ante una maniobra tan burda, a
pesar de mi amor al flamenco, le pedí
la carta de libertad, que me concedió
con gusto.
Por aquel entonces yo estaba algo cansado de
luchar contra mis propios molinos de viento,
y decidí alejarme de la música
por unos meses. Luego los meses fueron años.
En los años sucesivos monté una
empresa especializada en temas de formación
para empresas. Loli y yo nos separamos; vi crecer
a mis dos hijos a cierta distancia. En 1989
me enamoré de Pier, mi actual pareja,
con la que tuvimos a Pierangela, hoy con 10
años, que está fascinada con la
llegada de Adrià, su tercer hermano,
prevista para diciembre de este año,
de 2004.
Nunca en todo este tiempo sentí morriña
por la música. Ni siquiera en 2002, cuando,
fruto de algún arrebato inexplicable,
me puse de nuevo, en silencio, a componer. Hoy
he creado mi propio sello discográfico,
Validance", desde donde he producido Sólo
bajé a buscar tabaco.
El cd lo he grabado en Barcelona, en los estudios
BmasB, con arreglos de ese excelente pìanista
y arreglista que es Josep Mas "Kitflus".
En el disco han participado músicos de
renombre, como David Palau, guitarrista del
grupo de Alejandro Sanz, el percusionista Roger
Blavià, integrante del grupo de jazz
de Kitflus, el acordeonista Maurici Villavecchia
o el guitarrista Miguel Pino.
Corro yo solo con el riesgo de mi vuelta, pero
es también una aventura que me apasiona;
me permite ser totalmente libre, como cuando
mi padre se vendió la fábrica
por cuatro duros. Algo que nunca fue posible
en mi anterior etapa, y que seguramente condicionó
mi marcha.
Es curioso: empecé en 1968, con 18 años.
Canté hasta 1986, durante 18 años.
Y ahora, 18 años más tarde, vuelvo
al tajo. Que dure.